La guerra ha fascinado durante la historia por los beneficios que merced a ella han conseguido los contendientes. La guerra ha deslumbrado, como Virginia Woolf[1] percibió, porque nos han enseñado a venerarla.
Esta veneración hacia la guerra nos ha llevado a utilizarla como hilo conductor de nuestra historia. Esta didáctica nos ha conducido a dividir el género de la humanidad basándose en la indiscutible participación del hombre en las guerras y la tímida mención de la participación de la mujer en ellas.
La guerra ha sido motivo de preocupación y posicionamiento colectivo e individual para las mujeres de todas las épocas históricas, independientemente de que sus voces de protesta fueran reconocidas por los ámbitos y las decisiones públicas.
Al mismo ritmo en el que las guerras se han ido transformado, las mujeres han ido corrigiendo esta falta de participación en el espacio público.
La participación de las mujeres en un sentido dialogante y pacificador ha sido recogida por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como una de las características necesarias para la resolución de los conflictos. Para ello, la ONU ha dictado resoluciones que contemplan la idea de dar valor a las voces de las mujeres con respecto a los conflictos bélicos y las situaciones posbélicas. La resolución 1325 (2002) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre la participación equitativa de las mujeres en el proceso de paz y de reconstrucción debe ser tenida en cuenta en la composición de Tribunales.
Dicha resolución reafirma el importante papel que desempeñan las mujeres en la prevención y solución de los conflictos y en la consolidación de la paz y subraya la importancia de que participen en pie de igualdad e intervengan plenamente en todas las iniciativas encaminadas al mantenimiento y el fomento de la paz y la seguridad. Por esa razón, insta a todos los Estados Miembros a tomar medidas que garanticen la plena participación de las mujeres en los procesos de paz.
[1] Nash, M., Tavera, S., (eds), Las mujeres y las guerras, Barcelona, Ed. Icaria, 2003.
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La misión moral de los tejidos
La larga guerra con Israel y el protagonismo del islamismo en la vida de los palestinos garantiza la pervivencia del sistema patriarcal y el retorno al velo en los territorios ocupados. Al igual que sucedió en Iraq después de la invasión, cubrir a las mujeres es una medida de las familias para protegerlas de posibles tentativas de agresión sexual de las que las mujeres son objeto en las guerras. Pero el hijab (velo) no solamente se utiliza como un modo de defender a las mujeres, sino que sirve para uniformar, con el fin de ocultar la individualidad de cada mujer.
Respecto a los judíos, si bien tanto las mujeres como los hombres ultraortodoxos se visten siguiendo las leyes del Tznius (recato en hebreo), las normas hacen especial hincapié en los atuendos femeninos. Ellas deben llevar una ropa sencilla, pudorosa y de colores poco llamativos. Las mujeres casadas ortodoxas cubren su pelo con tijel (pañuelo), koba (sombrero o boina) o sheitel (peluca). Además de regular el estado de la cabeza o del pelo la mujer judía no debe mostrar los brazos, las axilas, los tobillos ni los talones, no puede tener contacto físico con ningún hombre que no sea su esposo, ni encontrarse a solas con un varón que no sea de su familia.
La evolución histórica, tecnológica o social no ha puesto fin a estas normativas sino que, al contrario, éstas han conseguido renovar su sitio en otras esferas de la vida cotidiana. Una vez más el hombre utiliza el recurso de la fe o la interpretación de su religión para no perder el tan preciado poder que desea a toda costa, una vez más los hombres nos nublan la vista.
Todo ello, con el máximo respeto para quienes decidan, por voluntad propia y sin ningún tipo de presión, ocultar su identidad individual bajo los tejidos.
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